Relato: La cocha
La cocha
Son, sin lugar a dudas, los seres por los que siento mayor repugnancia: sus largas antenas, cuerpos cobrizos y achatados y patas quebradizas me han provocado escalofríos desde que tengo uso de razón. Hace unas semanas, a las que habitan en nuestro pozo negro parece ser que les incomodaron las extremas temperaturas que llegaron con el invierno, tan poco usuales para esta parte del hemisferio sur, y encontraron la manera de acceder a la calidez de nuestro hogar. No suponían un gran problema, pues iban apareciendo de una en una en pequeños rincones. Normalmente las encontrábamos al amanecer, tras la calma de la noche que les da la seguridad necesaria para salir de su refugio en busca de comida.
Aunque lo habitual es pisotearlas,
siempre me he visto incapaz de hacerlo: notar cómo crujen bajo mis pies
mientras liberan sus jugos verdáceos es la peor de mis pesadillas. Así que mi
alternativa es descalzarme y zapatearlas con toda mi furia. En alguna ocasión
los zapatos no han sido los más adecuados y el resultado no ha sido del todo el
esperado —véase esparcimiento de tripas o disección insuficiente—, por lo que
algunas veces prefiero dirigirme al zapatero (siempre de puntillas, no fuera
que los congéneres del enemigo salieran a contraatacar) a por un arma
alternativa.
Pero ayer todo fue diferente. Me
dirigía a la cocina cuando la vi: estaba en el centro del recibidor, inmóvil,
mirándome, ambas rodeadas del silencio crepuscular. Desde aquella distancia era
incapaz de ver sus ojos, aquellas pequeñas bolas de caviar incrustadas en el
cénit de su esqueleto encefálico, pero podía sentir que los tenía clavados en
mí. La tensión era tal que no conseguía reunir el valor para descalzarme y
acabar con ella, así que decidí que en aquella ocasión quizás necesitaría
refuerzos. Sin embargo, al dar el primer paso atrás, ocurrió lo
inesperado.
—¿De qué tienes miedo?
Un timbre de voz agudo, suave pero
perceptible, casi afónico. No podía asumir que me lo había imaginado, aquello
era demasiado real para no ser cierto. Sin embargo, tampoco podía responderle
con sinceridad: «de tus orígenes alcantarilleros, de tu textura, de tus
repugnantes extremidades» sonaba demasiado cruel incluso para un ser como
aquel, así que me limité a recurrir al absurdo.
—¿Me hablas a mí?
—Por supuesto, solo estamos tú y yo
aquí, el resto sigue aguardando fuera.
«El resto» implicaba que tenían
conciencia de grupo, de especie, de existencia; lo cual, unido a que,
aparentemente, tenían capacidad de habla, resultaba demasiado para mí.
—¿Qué significa esto? Las cucarachas
no hablan, los insectos no hablan, los animales no hablan.
—Es evidente que te equivocas, ¿no
te parece? Hablamos y nos comunicamos entre nosotras, aunque nunca lo hacemos
con los humanos porque nuestra relación con vosotros siempre ha sido de
inferioridad. Siempre hemos sido los seres más despreciables desde vuestra
perspectiva supremacista: no solo somos insectos, sino que nos arrastramos
entre vuestros desperdicios y nos alimentamos de ellos, transmitimos
enfermedades y desprendemos un olor desagradable. Y aunque algunos de vosotros
ya habéis descubierto nuestro valor nutricional y nuestra resistencia a
condiciones insalubres de vida, nunca vais a reconocer nuestra superioridad
como especie.
—¡Pero esto lo cambia todo! Podéis
hablar, y eso os pone a nuestro nivel.
Apenas sin darme cuenta, me encontré
discutiendo con ella sobre las teorías filosóficas del lenguaje y la
comunicación. Desde el diálogo platónico de Crátilo hasta las relaciones
entre el lenguaje y el pensamiento que estableció Descartes, llegando hasta las
teorías de la adquisición del lenguaje de Noam Chomsky. La cucaracha me explicó
que su especie es fenomenológica, es decir que cree en la teoría de la comunicación
de Maurice Merleau-Ponty según la cual la comunicación no se limita al uso de
palabras, sino que implica una amplia gama de expresiones corporales y
movimientos que expresan emociones. Según parecía, las cucarachas llevaban toda
su existencia intentando comunicarse con nosotros a través del movimiento: el
arrastre rápido, el vaivén de las antenas, el roce de las alas…, pero incluso
esos intentos habían sido en vano, o incluso contraproducentes. Las pobres no
entendían por qué los mismos procedimientos daban tan buenos resultados con la
comunicación entre los humanos y otras especies, como los perros, los felinos,
los delfines o los simios, y no encontraban las causas de nuestra
incompatibilidad. No fue hasta que determinados miembros de su comunidad
tuvieron la posibilidad de ver algunas de las escenas de películas de animación
infantiles con protagonistas insectos y la reacción positiva que estas causaban
en los humanos cuando se dieron cuenta de la importancia del habla para poder
establecer lazos con nosotros.
Y ahora estoy aquí, en este cajón de
madera, en su sola presencia. Desconozco el tiempo que ha pasado desde el
primer contacto, al igual que desconozco dónde acaba mi cuerpo y dónde empieza
el suyo. Algunas reposan en mi pecho y yo no oso moverme, aunque las estrechas
paredes de este habitáculo tampoco me lo permiten. Otras se arrastran a lo
largo de mis extremidades, escuálidas y demacradas, buscando un rincón cálido
al que aferrarse mientras yo acompaso mis últimos alientos al ritmo de su
diminuto corazón.
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