Relato erótico: El juego de la pasión
Me gustaría compartir con vosotros uno de los relatos que escribí para el reto 107 del Club de Escritores. En este reto debíamos escribir un relato erótico de máximo 700 palabras sin llegar a utilizar el lenguaje vulgar o soez. La verdad es que aquella sesión del club fue muy divertida… Espero que lo disfrutéis.
RETO EROTISMO: EL JUEGO DE LA PASIÓN
A pesar de su reciente compromiso, cuando la atracción entre los dos se hizo palpable, empezó un juego en el que ella se sometía y yo establecía las reglas: la primera vez sería cuando, donde y como yo decidiera. Sin previo aviso, sin límites. Semanas más tarde, tras tensar la cuerda del deseo al máximo y advertir que su apetito era voraz, decidí que debía satisfacer todos nuestros anhelos.
Durante una cena de la empresa, tras observarla en la distancia y notar cómo la ardentía me recorría el cuerpo con tan solo pensar en que ella me había concedido el poder de dominar la consumación, me acerqué y, cerciorándome de que no acechaban miradas ajenas, recorrí el vello de su brazo derecho con el dorso de mis dedos. Pude sentir cómo se estremecía y erizaba, y entonces supe que había encendido un fuego que no podría extinguir.
Los meses pasaban y los encuentros no perdían intensidad. Había adoptado el rol dominante porque era un estratega nato, y sabía que aquello siempre me había permitido dejar de lado mis miedos y controlar una situación en la que me sentía falible. Sin embargo ahora, tras descubrirme en un oasis de pasión inimaginable en el que me alimento del recuerdo del olor de su cuerpo tras el orgasmo, encarnizado, y del pulso de su aliento bombeando sangre a todos los rincones que he tentado, solo puedo pensar en apoderarme de ella para siempre.
A veces le dejo creer que ella también dispone, solo para asegurarme de que no la pierdo por avaricia, así que hoy la cita es en su casa. Cuando llego, la puerta está entreabierta, lo que me sorprende. Hasta ahora el deseo por lo prohibido era tal que en los preámbulos imperaban los arrebatos y la ferocidad, pero cuando la veo sentada sobre el alféizar de la ventana a la contraluz de la luna llena, ofreciéndome su sexo bajo un vestido de seda que dibuja sus curvas y paladeando el aroma de un cigarrillo, entiendo que hoy será la última vez que la posea. Me acerco sin prisa, grabando su imagen en mi memoria y saboreando la piel de sus dedos al aspirar la calada que me ofrece. Mientras apaga el cigarrillo, viajo lentamente al norte por el interior de sus muslos y descubro su sexo desnudo; hoy me quiere a sus pies, me tiene del todo a su merced. Me agarra la mano con fiereza y me conduce a su interior, fruto palpitante y maduro que tanto ansío. Al retorcerse, y aprovechando su vaivén, la conduzco al dormitorio, pero en el umbral de la puerta me detiene y se cuelga del travesaño, posando su entrepierna sobre mis hombros. Mi lengua esboza los primeros trazos, cual pintor sobre el lienzo, primero con suavidad, luego con garra, al ritmo del compás de su balanceo.
Cuando sus acometidas pierden fuerza a la par que sus gemidos aumentan, la asgo de las nalgas con garra y la echo sobre la cama casi con violencia. Siento cómo el deseo hacia ella saca mi yo más salvaje y la miro a los ojos por primera vez desde que el cigarrillo se extinguió. Puedo ver la súplica en su mirada, súplica de sumisión, y por una vez decido complacerla sin dilatar el anhelo. Su cuerpo se electriza al recibirme y yo percibo cómo libera todo su ser. Durante unos minutos me convierto en su voluntad y en su sentir y me dejo llevar por su voraz apetito de fuego.
Tras el culmen las llamas se extinguen. Una lágrima le asoma por la carúncula, y entonces entiendo que la culpa ha ganado la guerra a la pasión.
Esther Muntaner
Comentarios
Publicar un comentario