Reseña: La librería del señor Livingstone

 



        Con La librería del señor Livingstone me he adentrado en la narrativa de Mónica Gutiérrez Artesera, una escritora que descubrí a través de Instagram hace unas semanas. En su cuenta @monicaserendipia, la autora tiene más de cuatro mil fieles seguidores que recomiendan sus obras a diario. Cansada de que la hermosa portada de la cuarta edición de esta novela apareciera en mi página de inicio de las redes, decidí hacerme un autoregalo en Navidades.

La novela narra la historia de Agnes, una barcelonesa licenciada en arqueología que, harta de la inestabilidad laboral que le ofrece la capital catalana, decide mudarse a Londres en búsqueda de una mejor oferta de trabajo.Cuando descubre que la situación en la capital inglesa no está mucho mejor y está a punto de tirar la toalla, la fortuna pone en su camino la encantadora librería del señor Livingstone. Allí, Agnes se adentrará en un mundo mágico de tardes de té y observación astronómica, de recomendaciones literarias personalizadas, de clientes peculiares y de inspectores románticos. A través de su trabajo como librera, la protagonista de nuestra historia se reconciliará con la bondad humana y aprenderá a abrir su corazón de nuevo.


Ya en la primera página, Mónica Gutiérrez me sacó una sonrisa con una frase que considero que marca la línea que mantiene la autora a lo largo de toda la novela: «hacía falta mucha maldad para dejar abandonado en la puerta de su librería, de lunes a viernes, a un niño llamado Oliver Twist». Se trata de un estilo claro, plagado de referencias literarias que van a hacer las delicias de todos los amantes de la literatura, y de descripciones arquitectónicas en las que la autora plasma todo el conocimiento que le han dado sus estudios de periodismo e historia. No son pocas las veces en las que veremos saltar por sus páginas al Conejo Blanco o al Sombrerero Loco de Lewis Carroll, o en las que leeremos comentarios sobre la magia de la lectura que nos abrazarán en las frías noches de invierno.


Desde mi humilde punto de vista de lectora, el punto fuerte de la novela es la manera en la que Mónica teje las relaciones entre los personajes, con unos diálogos que en ocasiones parecen sacados directamente de una obra de The Globe Theatre, y que le permiten a su vez describir muchos tipos de amor: el amor romántico entre Edward y Sioban; el amor de arraigo por Edward a su librería; el amor desventurado (OJO al spoiler) entre Agnes y Lockwood o incluso el cariño pragmático entre Edward y la señora Dresden.


Por otra parte, aunque el romanticismo y el amor por la literatura que emanan sus páginas me habían conquistado con tan solo unas líneas, tengo que decir que hacia el último tercio de la novela he tenido la sensación en alguna ocasión de que la autora abusaba de ese estilo feel good que ella misma describe en el capítulo nueve, provocando una sensación de empacho. Expresiones que me habían hecho sonreír la primera vez que las había leído («la risa bailándole en la comisura de los labios») dejaron de llamarme la atención la tercera vez que me las encontraba, y algunos gestos románticos de Lockwood rozan la ñoñería (y me considero una persona romántica casi empedernida).


A pesar del exceso de melindre, he disfrutado con la novela y me ha servido para desintoxicarme de mis tan queridas novelas negras y policiacas. Si estáis buscando una lectura fácil, que os haga sonreír y os haga olvidar las desgracias del mundo, buscad un rincón acogedor, preparaos un té, y adentraos en la mágica librería del señor Livingstone: no os arrepentiréis.



Esther Muntaner


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