Reseña: El día que se perdió la cordura

  Reseña de El día que se perdió la cordura, de Javier Castillo



El día que se perdió la cordura es la primera novela de Javier Castillo, autopublicada en Amazon en 2017. La novela alcanzó tal éxito en poco tiempo que la editorial Suma contactó con Castillo para editarle la novela en papel. A día de hoy, se ha convertido en un éxito de ventas, con más de un millón de ejemplares vendidos.  Poco voy a poder añadir que no se haya dicho ya de esta obra que he devorado, pero no quería dejar pasar la ocasión de daros mi humilde opinión y destacar las fortalezas de este joven autor, y sus pocos puntos débiles.

La novela está organizada en capítulos muy breves que atrapan al lector desde la primera página, con un ritmo muy rápido y ágil y unos diálogos muy intensos. Los saltos temporales en la narración intensifican la intriga, obligando al lector a esperar en algunos casos durante algunos capítulos para la resolución de las tramas.

Creo que no me equivoco si afirmo que Javier Castillo debe de ser un apasionado del cine, pues algunos elementos de su narrativa, como el tiempo, el ritmo o incluso el espacio, recuerdan mucho al lenguaje cinematográfico —de ahí que Netflix ya esté trabajando en la adaptación a la pantalla de su novela La chica de nieve—. Sin embargo, este lenguaje cinematográfico delata una de las carencias que considero presenta esta novela. En las pocas ocasiones en las que Castillo decide utilizar un estilo descriptivo más propio de la narrativa, como en el capítulo 36, donde el autor se recrea en la descripción de una sola acción y espacio (la llegada de uno de los personajes a un lugar clave), creo que fracasa en su objetivo. El capítulo es totalmente prescindible, y las descripciones recuerdan más a un voice-over de una película para invidentes que a una novela de ficción. Creo que Castillo debería potenciar más su estilo enfático, pues cuando lo utiliza su narrativa adopta un tono muy interesante: «Él parece formar parte de un equilibrio perturbador, una combinación de contrastes desalentadora que me hace dudar de dónde estoy, si en el cielo o en el infierno, si viviendo o muriendo: tiene el pelo blanco y los ojos negros; la piel blanca y un jersey negro: una sonrisa blanca y el alma negra».

Los personajes que ha creado Javier Castillo también contribuyen al éxito de su novela. La evolución de personajes como Jacob, Steven o el inspector Jenkins es elaborada y muy interesante, y diría que es fundamental para tejer lo que considero una trama perfecta. Sin embargo, creo que Castillo ha descuidado a algunos de sus personajes secundarios, haciendo que pierdan parte de su credibilidad. Carla, la hermana pequeña de Amanda, es incapaz de calcular el tiempo que su padre y su hermana han estado fuera de casa durante el día, pero es capaz de hacerse la interesante y soltar comentarios de un sarcasmo mucho más maduro de lo que representa en sus diálogos habituales. Por otra parte, la escena en la que Susan, una de las secuestradas, se pone en el lugar del secuestrador y le abraza me pareció totalmente surrealista y solo justificable si estuviéramos hablando del síndrome de Estocolmo (que no es el caso). Esta pérdida de credibilidad la he percibido en otras escenas, y creo que en la mayoría de ocasiones se debe precisamente al uso excesivo que hace Javier Castillo del lenguaje cinematográfico en un formato narrativo. 

Dejando de lado estas pequeñas imperfecciones más que justificadas en un autor novel, la trama de la novela me ha conquistado y no voy a dudar en recomendar su lectura a cualquier apasionado de la novela policiaca y los thrillers. 


Esther Muntaner

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