Ventana al olvido

 En el reto de esta semana del Club de Escritores teníamos que hacer un relato en primera persona en el que la trama se centrara en lo que se ve a través de la ventana. Yo, además, acepté el reto de una compañera del club de utilizar el diálogo en el relato, cosa que no hago de manera habitual en los retos del club. Espero que lo disfrutéis y que me deis vuestra opinión.




VENTANA AL OLVIDO


No veía a mi yaya desde hacía seis meses, desde antes de que el confinamiento pusiera nuestras vidas en pausa y de que el miedo a la muerte creciera como un hongo sobre la podredumbre. Cuando llegué, me la encontré mirando por la ventana que circundaba aquel comedor de forma ovalada, en el primer piso de una de las calles más transitadas de la ciudad, frente a un plato de sopa. 

—¡Hola, yaya! —Mi grito pareció sacarla del ensimismamiento. Se giró sin prisa, con la lentitud de movimientos que caracteriza a aquellos que han pasado la barrera de los noventa, para los que el tiempo ha adquirido una dimensión abstracta, lejos de la concepción lineal popularmente aceptada.

—Oh —pronunció mientras se acercaba a mí con pasos cortos—. Dame un beso, anda.

—Pero, yaya, el virus…

—Estoy harta de todo esto. Llevo meses sin salir de aquí para no tener que ponerme esa mascarilla, sin apenas recibir visitas, haciendo todo lo que tu tío me dice que haga, y ¿no voy a poder darle un beso a mi única nieta después de meses sin verla? ¡Anda ya! —Y me plantó uno de esos besos de abuela que suenan a cariño, a dulces prohibidos y a tardes de labores.

La yaya me agarró del brazo y nos dirigimos a la camilla, aquella que tantos recuerdos me traía. En ese rincón junto a la ventana de guillotina me había calentado con el brasero en las noches frías de invierno tras la escuela, había aprendido a hacer ganchillo, había mojado pan en los mejores huevos fritos del mundo y me había quedado dormida mientras mi yaya veía el capítulo cuatrocientos de Nissaga de Poder. 

—¿Ves a aquella mujer de ahí? Va todos los días a la plaza a comprar pienso de palomas, y luego se para en el bar de la esquina para desayunar (ella, no las palomas). Cuando termina, esparce el pienso en el suelo, cerca de su mesa, y se marcha sin esperar a las aves. El camarero barre el suelo cuando ya no le ve. Creo que teme decirle que, desde el año pasado, las medidas de control de plagas prohíben alimentar a las palomas.

—¿Y a ti no te apetece salir a desayunar un día? —le pregunté, a sabiendas de que mis tíos llevaban semanas intentando convencerla de que bajara a la calle.

—¿A desayunar? ¿Para qué voy a querer desayunar fuera? ¿Y dónde voy a encontrar yo mis galletas de desayuno? —me dijo con los ojos como platos, como si romper la rutina fuera un riesgo comparable a cruzar un semáforo en rojo en plena avenida. Yo callé, flanqueando el conflicto tras meses sin verla.

—¿Y cómo han ido estos meses, yaya? ¿Se te ha hecho muy duro? ¿Ha venido Carmita a verte a menudo?

—¿Qué Carmita, hija? ¡Mira! ¡La extraña pareja! Hoy todavía no habían salido. Dan una vuelta todos los días. Van de la mano, pero, ¡no te lo creerás! En todo el tiempo que les he visto pasar —que es mucho— nunca les he visto dirigirse la palabra. Es una relación condenada a muerte… ¿Cómo van a cuidarse y quererse sin hablar? —me dijo mientras cabeceaba, llena de indignación.

—Igual son mudos, yaya. O igual se quieren tanto que no les hacen falta palabras, hay gente que con una mirada se lo dice todo.

—Pamplinas… —me dijo mientras miraba el reloj—. Vaya, las ocho y aún no he preparado la comida. Voy a hervir la sopa —dijo para sí camino a la cocina.

—Yaya, la sopa está aquí —le dije señalando el plato todavía humeante—.

Entonces se volvió hacia mí y me miró como nunca lo había hecho antes. Sus ojos reflejaban temor, sorpresa e ingenuidad a partes iguales. Dando un paso atrás, palideciendo por momentos, me dijo:

—¿Quién es usted y qué hace aquí? No va a encontrar nada de valor en esta casa.

En ese momento entró mi madre por el pasillo:

—Quería que lo descubrieras por ti misma. Pensé que el golpe no sería tan duro si al menos estabas con ella cuando te dieras cuenta. Lo siento, puede que sean sus últimos momentos de lucidez.



Esther Muntaner

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