Mi quimalia
MI QUIMALIA
Nunca antes me había planteado la posibilidad de enamorarme de una mujer. Es cierto que siempre he tenido una actitud muy abierta hacia la sexualidad: me gusta observar los cuerpos femeninos, mucho más estéticamente complejos y refinados que los de los hombres. Unas caderas curvilíneas simulando el perfil de una guitarra, prominentes pechos que equilibran la figura y unas delicadas facciones han dado en más de una ocasión rienda suelta a mi imaginación. Y sí, he llegado a sentir envidia de los hombres por disfrutar de todo ello con deseo. Pero hasta ahora se había quedado en eso, en una quimera, una fantasía que cumplir en otra vida.
No obstante, llegó Aila para romper todos mis esquemas. Cuando el profesor nos la presentó a mitad del segundo trimestre, me limité a darle un repaso y a pensar en lo jodidamente perfecta que era en todos los aspectos. Pero pasaron los días y entablamos una amistad mucho más intensa que cualquier relación que hubiera mantenido con ningún chico. Aila y yo éramos almas gemelas: podíamos tirarnos horas hablando del arte de Tarantino, de la subjetividad del arte o del sentido de la vida sin cansarnos la una de la otra. Nuestros caracteres parecían estar siempre en perfecta armonía: Aila, moderada, modesta y reflexiva a la vez que fuerte e independiente equilibraba mi impulsividad, bravura y timidez.
Nunca hablamos de sexo o amor hasta aquella noche. En la barra de aquel bar, con varias cervezas en la recámara, un tema nos llevó a otro hasta que terminó revelándose la verdad. Aila tampoco había estado con ninguna mujer (mientras hablaba, su larga melena rubia se movía al son de sus gestos, cadenciosos, delicados). «No siento rechazo por el cuerpo femenino como parecen sentir los hombres heterosexuales por sus iguales,» —me acerco sutilmente más a ella hasta que nuestras piernas se rozan y puedo sentir el calor de sus muslos, desnudos bajo una minifalda fruncida de cuadros— «pero no sé si sería capaz de tomar la iniciativa si se presentara la ocasión con la persona adecuada». Acorto la poca distancia que me separa de su rostro y la beso. Saboreo sus labios como si fuera todo lo que fuera a probar de ella. Recorro suavemente su contorno con mi lengua, humedeciéndolos para morderlos con fuerza cautelosa, primero un lado, luego otro. Me adentro buscando su aroma, temerosa, y abrazo su sinhueso mientras noto cómo mi sexo se excita con cada exhalación.
La agarro de la cintura con furia, nos liberamos con prudencia y en sus ojos leo que desea hacerme suya sin preámbulo, sin recelo, sin duda.

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