Ella
Hace unas semanas publiqué la primera parte de este relato en mi cuenta de Instagram, tras lo que pedí a mis lectores si deseaban leer una segunda parte. Aunque alguno votó por el final abierto, la mayoría me pidió que lo continuara, y dado que soy una romántica empedernida, no he podido resistirme a darle un final algodonado. Espero que lo disfrutéis.
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No es la primera vez que se siente atraído por una mujer que no es su esposa. Ambos se enamoraron cuando eran muy jóvenes y tuvieron a sus hijos al poco de casarse, así que cuando su vida se convirtió en un frenesí de ir y venir, cuidados y pañales por doquier, el flirteo con otras era lo único que evitaba que perdiera la cabeza y que le ayudaba a autoconvencerse de que aquella vida que había elegido era la mejor opción. Con el tiempo, aquellos juegos de galanteo dejaron de tener interés para él. Sentía que la edad le pesaba demasiado y no quería poner en riesgo la estabilidad a la que se había acostumbrado.
Pero la atracción por ella ha crecido de un modo casi imperceptible en los últimos meses, como la niebla que se levanta en las mañanas de otoño sin que te des cuenta hasta que te impide ver el horizonte.
Todavía recuerda el día en que reparó en su belleza: aquella fue la chispa que encendió la llama que ahora es incapaz de apagar. Se ha intentado engañar durante mucho tiempo, diciéndose que esto es solo una de sus fantasías, fruto de la rutina y la monotonía, pero ya no puede negar que sus sonrisas y miradas se han convertido en la razón de su existencia. Es incapaz de dejar de pensar en ella a todas horas, y a menudo se sorprende buscando una excusa para acercarse a ella, preguntándose cómo sería su vida juntos, cómo se sienten sus caderas o a qué sabe la piel de sus labios.
Cuando llega a casa y lo recibe su mujer, intenta autoconvencerse de que esta situación no tiene sentido y de que es absolutamente insostenible. Su mujer fue la que lo enamoró hace ya veinte años, ante la que se rindió en esas calles de Santiago en las que ambos se criaron y con la que se prometió que terminaría sus días. Pero cuando cree que lo tiene todo controlado, algún estímulo le trae de nuevo su dulce recuerdo.
Esta vez creía que lo había superado. Llevaban casi dos meses de verano sin verse, ya que las políticas de la empresa no les permiten coger las vacaciones a la vez, y la mala suerte quiso que este año se las cogieran seguidas. La calma estival, el abandono de la rutina y el tiempo que le dedicaba a su mujer casi le hacen olvidarse de ella. Pero entonces ayer tarde, mientras daba un paseo a solas por la costa, el olor de salitre trajo consigo un reflejo de su chica isleña. Al principio pensó que la cabeza le estaba jugando una mala pasada: “No puede ser ella. Hay una posibilidad entre un millón de que coincidamos en un lugar como este”. Pero entonces los primeros rayos de sol dibujaron su perfil a lo lejos y no hubo lugar a dudas. Reconoció de inmediato aquellas líneas que había llegado a memorizar: finas piernas, espalda ancha, pelo largo y sedoso hasta el pecho, esbelto y firme, y ojos de madera rasgada. Al reconocerlo, sus labios rosados dibujaron una sonrisa sincera.
En ese momento hubiera deseado decirle que de noche se encuentra acariciándose el rostro como si fuera el de ella, intentando encontrar esos simpáticos hoyuelos que se le hacen al sonreír en las mejillas, o esas arrugas que denotan la madurez que tanto le atrae. Porque ella es una mujer con vida, y él lo sabe. Entre sus piernas han pasado hombres expertos, hombres torpes, hombres románticos y bloques de hielo, pero él solo desea demostrarle que no es uno más, que sus piezas fueron diseñadas para encajar entre las suyas, que si hubiera varias dimensiones, él quiere vivir en la que terminan juntos.
Sin embargo, por alguna extraña razón, solo fue capaz de devolverle la sonrisa y responderle con monosílabos. Sabía que tenía poco tiempo, que sus conversaciones nunca van más allá de las meras cordialidades. Algo le decía que ella también era consciente de que alargar ese momento a solas era muy arriesgado, era jugar a la ruleta rusa con el destino y había demasiado en juego. Las líneas que habían rozado en alguna ocasión le habían permitido sentir su piel, pero había sido tan ínfimo el contacto que no había hecho más que acentuar el deseo.
Justo cuando ella se dio la vuelta, en ese instante en que ya todo está dicho y no se pueden dilatar los segundos, sintió que no podía dejarla escapar, que quizás era la última oportunidad de tenerla toda para él. Entonces se acercó a ella, la agarró suavemente del brazo, y en cuanto se dio la vuelta le cogió el rostro con ambas manos y la besó. Pudo percibir cómo todas las emociones que había encerrado en lo más profundo de su ser salían a la luz. Sus labios sabían a licor de café, un aroma que se entremezclaba con el jazmín de su perfume.
—¿Por qué has tardado tanto?
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